Somos
Nacimos en octubre de 2007, un día lunes que soñamos este proyecto. Soñamos en grande un mundo más bonito, más sensible, más abierto a vivir desde el corazón, pero inmersos en la nueva misión social: el servir a los demás desde el corazón. Esto significa, crecer espiritualmente como personas, como amigos, como familia, como sociedad y como alma, porque es posible un mundo sin miedos, sin temores, sin engaños. Es posible un mundo en paz donde hagamos esfuerzos individuales para entre todos construir eso que llamamos comarca.

Para esto, nos hemos formado como terapeutas bioenergéticos, es decir, nos dedicamos profesionalmente a aportar ese "invisible" que habita dentro de nosotros toda la energía y entrega vivencial de las correctas relaciones para que el alma busque su equilibrio en la afección emocional o la enfermedad.
Somos los que miramos el alma, y le damos una oportunidad de darse el permiso para ser de verdad.

Somos los que hemos estudiado diversas visiones terapéuticas del mundo,
y seguimos haciéndolo en este mar de conocimiento infinito. Nos inspira saber y conocer cada día más acerca de cómo el alma nos ofrece sus consejos a través de las emociones, y es a través de esa manifestación energética que llegan a nuestras manos diversos textos y experiencias, algunas muy antiguas y otras muy científicas, para crear esa magia llamada síntesis que grandes autores y maestros han podido sembrar en nuestra labor diaria esa sutil observación para que las personas reciban esta propuesta terapéutica de diversas maneras: a través de sesiones privadas, cursos, talleres, sanación y encuentros periódicos que realizamos en nuestro centro.

Somos los que preparamos esencias florales, los que aconsejamos, los que alineamos chackras, los que transmitimos enseñanzas,  los que entregamos lo mejor de nosotros para el bienestar de adultos, niños y mascotas, para el bienestar de la vida en general.

Somos los que en un acto de atrevimiento nos propusimos una misión,
y nos fascina ser testigos de cómo los grandes cambios en el alma humana comienzan a darse.

Somos los que somos, y estamos para servir como buenos discípulos o apóstoles del buen vivir.

El Equipo de Ambar


Nuestra visión de la terapéutica
Elevar los ojos al alma, la sanación y la emoción.
Separata:
Tómate estas letras Aspirina cuando te duela la cabeza de tanto pensar. Automedícate,
no consultes con ningún facultativo. Estas letras fueron escritas para que no tengan efectos secundarios, no van a reaccionar con tus pastillas para la tensión ni van a provocarte un infarto. Tómate estas letras Aspirina por la mañana en ayunas, antes de quejarte del cielo gris en Julio, antes de protestar por las preferencias musicales del vecino de al lado. La dosis se administra a nuestro libre albedrío. Léelo tanto como necesites, nunca se han registrado casos de sobredosis accidental. Si en el intertanto de esta lectura no ves en las indicaciones tu patología, tu dolor, tu molestia, tu trastorno,
tu pena, tu aflicción, no te inquietes, estas letras Aspirina, letras jarabe, estrofa vendaje,
sirve para todo, como la manzanilla.
Sandra Román, poeta.

¿Por qué nos enfermamos?. Para volver a sentir ese estado de felicidad que nos hace vibrar en el estado de salud que llamamos bienestar, es decir, bien estar para que podamos asistir a todas partes y podamos sentirnos en libertad.

La enfermedad la necesitamos, es el estado por el que retornamos a ese estado de reflexión acerca de cómo estamos viviendo nuestra vida y por qué el cuerpo que habitamos permite que se desproporcionen los actos y hechos que trastornan nuestro estado, al extremo que algunos los lleva al punto de retorno, asumiendo que la muerte es el camino o la oportunidad para comenzar de nuevo.

Nos enfermamos para reflexionar que somos vulnerables y que no estamos solos en esto, ya que podemos ser afectados por agentes patógenos, o elementos tóxicos que alteren nuestra integridad, manifestándose como verdaderos maestros de la experiencia que hace suya la lección el sistema inmunológico, por ejemplo.

Pero, ¿cómo podemos reflexionar acerca de la enfermedad si dejamos de mirar lo que ocurre a nuestro alrededor?. Desde hace unos años me he dedicado a observar cómo los efectos de la emoción tienen participación en los procesos de la enfermedad, pero no como fenómeno preventivo, sino como manifestación o acto presencial dentro de un contexto, porque la enfermedad es un despertador, es sentir esa parte de uno que se despierta o se abre a una nueva realidad. La enfermedad es el despertador, nuestra crisis es el despertador.

Mirar las crisis como contexto de la enfermedad permite mirar los males y las afecciones desde otra mirada, desde la altura que el alma mira la vida, desde el lugar donde la silenciosa brisa mueve las hojas y las arranca del árbol para llevarlas metros más allá sin un camino de retorno. La enfermedad es un maestro que nos permite elevar los ojos al alma y nos transmite su experiencia y su lección en la compresión amorosa del para qué me enfermo.

Durante estos años, he comprendido que para estar enfermo necesitamos previamente haber tenido cambios en el territorio de la conciencia. Es decir, en la mayoría de los casos, la enfermedad se presenta como consecuencia de una sensación en donde hemos dejado un espacio para que físicamente se presente. Los antiguos le llamaron emoción. Las emociones son el territorio por donde se expresa el sentir y la vivencia humana, los ímpetus y las sorpresas que el entorno nos ofrece. He comprendido que la enfermedad se presenta en los cambios voluntarios o involuntarios de nuestro entorno emocional y luego el cuerpo tiene la elección de enfermarse o no.

La enfermedad es un proceso de adaptación. Visto desde la conciencia, la enfermedad es la manera que tenemos de evolucionar. Así como para las primeras expresiones de vida en este planeta, el oxígeno se mostraba como el veneno más tóxico, supieron sintetizar esa molécula para poder producir el milagro de la vida, lo mismo lo ocurrió al calcio, transformándose en la base de los procesos de sinapsis en el reino animal.

Entonces, por qué a través de las emociones -que crean campos propicios para establecer la mayoría de las enfermedades y afecciones- podemos establecer un nuevo paradigma del dilema del bienestar y la salud integral. Porque a través de las emociones podemos tocar y expresar el alma de las personas, porque es a través de las ventanas de las emociones como el alma puede ver y verse a si mismas, entonces las emociones se hacen parte de ese lugar en donde esa energía invisible comprende estar de acuerdo o no con lo que se vive, con lo que sorprende, con lo que nos detiene o con lo que nos impulsa a actuar y/o sentir algo determinado. Visto desde el alma, la enfermedad es el proceso por donde el alma impulsa la adaptación a las nuevas fronteras que nos desafía la vida. No nos sorprende que la gripe pueda coincidir con una noticia previa que nos entristece, la gastritis aparezca luego de enfrentar rabias y desafíos rodeados de tensión, o que la variación de la presión sanguínea pueda comprenderse desde la relación con nuestros padres.

El alma no se enferma, el cuerpo sí. El alma es lo que hay en ti permanente y perfecto. Lo que ocurre es que el alma produce una fricción con su instrumento. Cuando nadas contra tu propia corriente hay un conflicto entre el alma y la personalidad. Este conflicto se presenta al nivel de las emociones y éstas se precipitan sobre el cuerpo de tal manera que la mayoría de enfermedades que observamos en la práctica clínica son enfermedades emocionales que han dejado sus huellas en el cuerpo físico. Y luego lo llamas úlcera o gastritis pero una enfermedad es simplemente un reflejo en el espejo del cuerpo y por mucho que limpiemos el espejo no vamos a mejorar la imagen de quien en él se mira. No se trata tanto de limpiar el espejo sino de mejorar la conciencia que se mira en el espejo del cuerpo.

Esa conciencia no se encuentra y no se consigue en un lugar determinado. Tú eres esa conciencia. Quítate lo que sobra en ti y quedas idéntico a lo que tú eres: totalidad, armonía, salud, perfección... eso es tu naturaleza. No se trata de buscar, más bien de volvernos a reconocer por dentro, de aceptarnos como somos, con nuestras sombras y con nuestra luz porque ellas hacen el colorido de la vida.

¿Para qué nos enfermamos?, para saber que hemos luchado y sobrevivido a las formas que el alma nos ha entusiasmado a ser coherentes: pensar, sentir y actuar con armonía y sentido de trascendencia en la conciencia.

Ambar del Alma
www.ambardelalma.net


Nuestra visión del mundo
La filosofía y la metafísica no son temas de agrado popular y creo que con razón. El vivir la situación diaria es suficientemente difícil y demandante como para complicarnos aún más con las abstractas preguntas de la metafísica. Hemos nacido dentro de alguna tradición particular y normalmente no tenemos razón alguna para cuestionar su validez; "mis abuelos y mis tatarabuelos vivían así, mis padres y mis tíos también y los vecinos también", entonces para qué cuestionar?.
Hoy, sin embargo, la débil cáscara protectora de nuestras ideologías, tradiciones y religiones se están resquebrajando. Los éxitos de la tecnología le han dado a la visión científica un poder inusitado sobre los modelos religiosos. Cualquier joven del mundo ya sea latinoamericano, europeo o asiático, probablemente cree en los átomos, las estrellas y las células vivas con su química, su física y su biología. Cree en la evolución de las especies y piensa que el mundo tuvo su origen en el big-bang, y no en el caprichoso designio de la deidad aburrida.
La expansión de las comunicaciones ha roto todas las fronteras. En quince minutos de CNN podemos ver árabes, chinos, judíos o europeos, cada uno con sus costumbres, religiones y tradiciones. Tal vez veamos esa diversidad como unos turistas, como formas pintorescas de vivir la vida. Tal vez nos preguntaremos ¿cómo se casan los esquimales?, ¿cómo entierran a sus muertos los mahometanos?, ¿en qué creen los taoistas?. Pero en el fondo, se está globalizando el sentimiento de no creer en nada. El ver el conjunto de estas creencias, unas al lado de las otras, le ha quitado a cada una de ellas el distintivo particular, su realidad. La mayoría de nosotros, los televidentes del mundo, los que tenemos en nuestras manos los destinos de esta tierra, no creemos en nada. O tal vez sí creemos… creemos en todo. El I-Ching de los chinos nos fascina, la disciplina de los japoneses nos parece admirable, la cosmología de los mamas de la sierra nevada colombiana se nos parece a la cosmología de los tibetanos, creemos en el éxito de una buena técnica de mercadeo y en la comida macrobiótica, hacemos hathayoga y leemos los últimos best-sellers, estamos al tanto de las últimas películas y sabemos cuánto se gana la modelo mejor pagada. Tal vez pensamos que todos los caminos conducen a Roma, que todas las creencias son válidas. Somos muy positivos y ecuménicos, pero en el fondo estamos igualmente vacíos. Si la suerte nos acompaña, creemos en todo, si no nos acompaña, no creemos en nada. Este vacío espiritual se manifiesta de muchas maneras. La vida que llevamos es una vida afanada y sin sentido; no sabemos muy bien por qué, pero hay tantas cosas para hacer, tantas cosas que comprar, tantos sitios que visitar, tantas revistas que leer, tantos canales que sintonizar, tantas cosas para estudiar y tantas deudas que pagar, que es como si el tiempo constantemente se nos fuera a acabar. Corremos y corremos sin saber muy bien para dónde. Hay un sentimiento de no tener un norte, unas metas lejanas, y nos vemos obligados a vivir la vida en el momento y de una forma enteramente paradigmática.
Si a esto le agregamos los problemas de la sobrepoblación que se evidencian en las interminables colas que tenemos que hacer para requerir un servicio, en la dificultad para encontrar un cupo en la universidad, en el exceso de los pasajeros en los autobuses y de vehículos en las calles, en la dificultad para encontrar empleo y en la facilidad para perderlo. En fin, tan sólo somos una millonésima parte de la población de una de nuestras grandes ciudades. Incluso podemos llegar a pensar que la gente estorba, que es una amenaza para nuestro vivir. De aquí al odio y al resentimiento sólo hay un paso, y los resultados son la desintegración y el caos social.
Este parece ser el panorama que tenemos a comienzos de este siglo, época que muchos soñamos como aquella en que la tecnología nos habría solucionado todos nuestros problemas, la medicina habría encontrado la droga contra le vejez, y los seres humanos se transportarían en máquinas voladoras.
Pero no parece ser así, la desilusión es grande. El siglo pasado fue uno de expansión, conquista, guerras de crecimiento alocado. Progreso ha significado más producción, más consumo, más habitantes, más ingreso per cápita. Llevamos más de un siglo industrializándonos, creando ciudades gigantescas, construyendo, inventando, creciendo. Pero lo que vemos es el caos, pueblos que no creen en sus gobernantes, gobernantes que engañan a sus pueblos, homicidios por robo, jóvenes que se suicidan, magia negra, escándalos de toda índole y corrupción generalizada.
El mundo está en crisis. La globalización, la decadencia en los valores humanos, la amenaza energética y la ecológica y la sobrepoblación son factores coyunturales que hacen que esta crisis sea única. Los daños ecológicos producidos por la masificación de la industria y la tecnología son irreversibles. Es necesario entonces cuestionarnos estos modelos de progreso, y retomar de nuevo las preguntas fundamentales sobre el significado de la existencia humana. ¿Es acaso ese alocado correr en busca de más experiencias, más posesiones y posiciones el significado de la vida?. ¿Son la salud, la belleza, el dinero, el prestigio, el poder y la fama las metas que debemos perseguir, sin importarnos lo que está a nuestro alrededor?. ¿Acaso lo que importa es sacar la mejor tajada del pastel de la vida y esperar a que la muerte nos llegue por sorpresa?. ¿Tenemos alguna idea de qué viene después de la muerte?. ¿Se nos ocurre pensar que los hijos de nuestros hijos, aquellos que heredarán lo que hemos dejado, somos nosotros mismos?.
Todos queremos alcanzar la felicidad. Es una premisa innegable, sin importar a qué llamamos felicidad, todos la queremos alcanzar. En lo que podemos estar en desacuerdo es en el significado de esa felicidad y en cómo lograrla. Un tipo de felicidad está basado en el estar mejor que los demás, tener más dinero, salud, prestigio, poder, conocimiento y demás. Podríamos decir que ésta es una felicidad egoísta, pues está fundamentada en la infelicidad de los demás, no necesariamente en forma consciente como un deseo manifiesto de ver a los demás infelices, sino en forma inconsciente, como una satisfacción de verse a uno mismo en una posición mejor que los demás. En el deporte, el competir y triunfar está basado en la derrota de quienes dejamos atrás, pero en el trabajo y de la forma de subsistencia, del dinero, la reputación, la pareja, el honor, la competencia ya no es un juego, es algo muy serio. Más aún si hablamos desde el punto de vista de colectividades, como es el caso de las naciones y de sus "interés nacional". Aquí la competencia y el deseo de predominio son la causa de guerras, tan mortales como la segunda guerra mundial y sus más de treinta millones de muertos.
Este tipo de felicidad "relativa" siempre será igual porque tiene su fundamento en el orgullo, los celos, la envidia y el apego. Es orgullosa porque valora la felicidad propia más que ajena, es celosa y envidiosa porque el éxito ajeno significa la pérdida de la propia; el apego al éxito se genera por el temor a la pérdida. Este tipo de felicidad terminará siempre produciendo infelicidad para todos. La pregunta clave entonces es ¿hay algún tipo de felicidad que nos pueda hacer felices a todos?. ¿Puede uno ser feliz sin que esto automáticamente haga infeliz a otro?.
Estamos en esta búsqueda, y los caminos de sabiduría apuntan a mirar el interior de las personas y descubrir que en la ilusión ensoñada de cada uno existe un mundo más amable y gentil que se sueña desde esa quietud que nos despierta ante algún temor u obligación.
Estamos convencidos que se puede ser feliz sin abandonar el mundo real y sin traicionar a nadie. Es posible encontrar ese sentido de equilibrio y bienestar solamente en la sensación interna de cada uno, en el corazón y la expresión de ese "invisible" que habita dentro que da intuiciones e ideas para aportar. Este convencimiento se practica en el descubrir silencioso de reforzar las convicciones de lo que siento y al final sabremos que la vida es más espiritual que material. Revelaremos que ese "invisible" te acompaña por eternidades y guarda esa esencia y semilla de lo que tu eres y que esta existencia sólo te corresponde una misión: el gozo de ser feliz. Pero ante todo el análisis de lo que vivimos en este sorprendente presente siendo testigos de estos cambios en la manera de ver la vida, no sabemos cómo alcanzar ese gozo y plenitud de la felicidad, porque no conocemos la palabra felicidad desde el sentido del sentir, sólo la hemos conjugado desde el competir y el apego al sentido material.
Las noticias son estas: la felicidad desde el sentir implica una nueva manera de mirarse y mirar el entorno, y descubrirse único y conectado a una conciencia humana que nos da sentido de pertenencia y de existencia. Pero allí, en esas conexiones revélate puro, emocional, sensorial, vivencial. Descúbrete en la única palabra que nos une como especia humana: el asombro. Darse el permiso para vivir en silencio unos momentos y jugar al asombrarse en forma permanente por todo lo que te ocurre alrededor: los hijos, una brisa, un sabor, una frase de un libro y miles de vivencias triviales y especiales. El vivir desde esa magia inocente del asombro te hace más real, te hace más vivencial y te obliga a trabajar y vivir para sentir experiencias y ordenarlas para que el asombro sea permanente. La noticia se resume en darse el permiso a sentir, darse el permiso a ser feliz, a permitirse equivocarse desde el asombro, porque todo lo peor que pueda pasar es que lo intente nuevamente.
Tal vez comprenderemos que la palabra felicidad se parece a la sensación de la palabra libertad. Se parecen, más bien se articulan de la misma manera. Allí, al atreverse por unos momentos a esta existencia, encontraremos respuestas vivenciales, sentimentales, emocionales, espirituales, religiosas y de trascendencia que no se pueden llevar a letras, sino que sólo pueden quedar en el inmenso espacio de las sensaciones que habitan en el interior de tu corazón.

La Oración del Discípulo
Me comprometo solemnemente a cumplir mi parte,
con firme decisión y decidida aspiración.
Mirar arriba, ayudar abajo.
No soñar ni descansar.
Trabajar, Servir, Orar.
Ascender a la cruz de la conciencia.
Hollar el sendero
Olvidar el trabajo realizado,
pasar sobre mi yo vencido, esforzarme.
Renunciar a todo tipo de recompensa del ego y matar el deseo.
Aprender la lección del dolor, que revela el Alma.
Que así sea, y desde mi Alma, pueda cumplir con mi parte.

Jorge Carvajal Posada
Imagen gráfica de Ambar del Alma
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